Sentidos, remembranza y ofuscación: Rendez-vous à Bray (1971) y el cine de André Delvaux.

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Para Mª Angeles, Carmen, Wolfgang, Josemari y Michel.

Aunque belga, André Delvaux tiene mucho en común con los integrantes del sector de la Nueva Ola que se dio en llamar Rive gauche, ese conformado por Alain Resnais, Alain Robbe-Grillet y Marguerite Duras, entre otros. Con ellos, presenta Delvaux numerosas concomitancias empapadas de una mirada moderna, entre las cuales: su pilar de referencia, la fundacional VERTIGO (De entre los muertos, A. Hitchcock, 1958), con su glosa de los amores apasionados y obsesivos; su habilidad para enrarecer las atmósferas, que acaban deslizando a sus hechizados protagonistas a la pura alucinación; su querencia a insertar travellings feéricos sobre ciudades desiertas, casi fantasmagóricas; o, claro está, su inclinación a tratar el tema predilecto del grupo, la memoria, y a hacerlo con flashes, que no flash-backs, que acaban subvirtiendo la realidad.

Como corolario de todo ello, hay en el belga, como en sus colegas franceses, una irrefrenable tendencia a lo fantástico, perceptible incluso en sus melodramas, como BENVENUTA (1983), y en sus documentales, como BABEL OPÉRA (1985). Ahora bien, la mayor distinción y la mayor exclusividad del cine de André Albert Auguste, barón de Delvaux, es esa hipersensibilidad tan aristocrática, ese hincapié en una sensorialidad tan exacerbada, que hace que, en sus películas, el más nimio estímulo pueda desencadenar un tsunami de sentimientos.

 

DELVAUX Y LA PINTURA.

Tan extraordinaria potencia sensorial se trasluce, en primer lugar, en la sustancia profundamente musical y pictórica del cine de Delvaux: la primera la proporcionan los ritmos del montaje y de los lampos del recuerdo, aparte de, naturalmente, las bandas sonoras de minuciosas modulaciones de su habitual compositor, el excelente Frederick de Vreese; la segunda, las abundantes referencias a las ricas escuelas pictóricas francesa, flamenca y holandesa, desde el renacimiento hasta el surrealismo; es decir, las que conformaron el entorno cultural de Delvaux. Las citas son tan abundantes, de hecho, que no cabe ninguna duda de lo premeditado de las mismas, máxime cuando el barón cineasta dejó constancia de su entusiasmo por el hecho pictórico en el excelente documental MED DIERIC BOUTS (1975), sobre el célebre pintor neerlandés del siglo XV, donde reprodujo en forma de tableau vivant la admirada Última Cena de su paisano sita en la iglesia de San Pedro en Lovaina.

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Veamos claras citas, por tema, composición, colores o algún detalle concreto, aunque siempre por el espíritu, extraídas de las tres cimas de su filmografía: RENDEZ-VOUS À BRAY (1971), BELLE (1973) y BENVENUTA. Por orden cronológico aproximado de los pintores referidos, tenemos, como mínimo, a:

Pieter Brueghel y BELLE:

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Jacob van Ruisdael y BELLE:

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Rubens y BELLE:

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Chardin y RENDEZ-VOUS À BRAY:

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Daumier y BENVENUTA:

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Monet y BELLE:

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Cézanne y BELLE:

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van Gogh y RENDEZ-VOUS À BRAY:

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Duffy y BENVENUTA:

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Delaunay y BENVENUTA:

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Paul Delvaux y BELLE:

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y, en fin, con referencia directa en el mismo plano, Ensor y BENVENUTA:

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DELVAUX Y LOS SENTIDOS.

En sus tres obras magnas, Delvaux explora no sólo lo pictórico y lo musical, sino también lo visual, lo acústico, y hasta lo táctil, olfativo y gastronómico; ello, sin olvidar el vibrante uso de la naturaleza, tanto en pequeños detalles o indicios como en el registro del paisaje (aspecto que alcanza su culminación en BELLE). Esta tendencia entronca ejemplarmente con la tradición flamenca de los cinco sentidos encabezada por Brueghel de Velours, si bien en el delicado Delvaux rara vez surge con el barroquismo de su ancestral precedente (la comilona de EEN VROW TUSSEN HOND EN WOLF [Mujer entre perro y lobo, 1979], que remite también a Jordaens, es una excepción que no figura precisamente entre lo más granado de su autor), sino habitualmente tamizado por ese toque típico de las brumas ribereñas de la zona continental del canal de la Mancha; toque melancólico que retrotrae a Debussy, Monet o, inevitablemente, Magritte. Tan importante resulta lo sensorial, de hecho, para el cineasta, que en su obra abundan los planos, muchos de ellos sencillamente magistrales, que, desgajados del resto a la manera de pinceladas impresionistas, engarzan distintas secuencias, cuando no simplemente olvidan el devenir narrativo para zambullirse en el universo de las sensaciones. Resultan, por ejemplo, especialmente memorables: el rocío pendiente de las ramas del abeto en BELLE; la nota suspendida en el piano hacia el final de BENVENUTA; las hojas otoñales en un charco helado en MED DIERIC BOUTS; la tenue lluvia sobre el río en BABEL OPÉRA; etc.

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Sin duda, la película más rotunda en este aspecto es la delicada RENDEZ-VOUS À BRAY, donde Delvaux, aunando sentidos y remembranza, llevó hasta sus últimas consecuencias la célebre magdalena de Proust; no por nada, la trama transcurre en 1917, en esa misma época en que el literato se encontraba inmerso en plena creación de su monumental En busca del tiempo perdido. De manera harto sugerente, Delvaux no sólo pulsa el resorte del recuerdo mediante un montaje, expedito o sincopado, deudor de Resnais, sino incluso clarificándolo, a veces, solamente en retrospectiva, al final del flash-back correspondiente. Un torbellino de sensaciones que hacen que el pianista Julien (que, como hizo el propio Delvaux, ejerce de acompañante de películas mudas), que continuamente mira, toca, palpa, oye o saborea, no tanto se sumerja en el pasado, como que viva inmerso en él.

Así, el cálido abrigo de pieles de una pasajera desconocida le recuerda a Julien el que portaba su amigo Jacques, con el que va a encontrarse en su alejada mansión;

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el sillón mullido donde se sienta retrotrae a la conversación que mantuvo con su querido amigo sentado en otro sillón y, a la inversa, la contemplación de sus manos de pianista tras la ejecución de una pieza lo devuelve al presente;

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la silueta de una mujer recortada en unos ventanales le trae a la mente una proyección de cine y, sobre todo, la novelesca divagación de Odile de que “la princesa pierde la razón y en plena noche vaga por los corredores de la villa tendiendo sus brazos hacia la desesperación”;

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el sabor de un guiso le retrotrae a esas truchas que saltaban en el tonel de agua gélida, en un momento en que Delvaux juega con la musicalidad del montaje, en consonancia con la vitalidad del recuerdo;

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o la copia del cuadro El rey Cofetúa y la mendiga (título, por cierto, de la novela en la que se basa el film) le recuerda su situación humilde respecto a su aristocrático amigo del alma…

Y en ese ambiente evocador, una canción infantil, al inicio, le sugiere a Julien una nueva melodía, tan rica en disonancias como la experiencia sensorial y sensual que va a tener en la mansión del amigo, rindiendo RENDEZ-VOUS À BRAY el ejemplar tal vez más acabado de esa capacidad sensorial tan exacerbada en Delvaux, digna de los maestros silentes y aun superior a ellos, que hace de sus filmes un canon de hipersensibilidad cinematográfica.

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Así, el espectador llega a sentir, como Julien, esos guantes que lo abrigan en un frío vagón, a percibir el tímido calor de la furtiva caricia de los pasajeros que lo acompañan en el compartimento, a la vera de un abrigo de piel, o a sentir el lustre de unos botines de piel;

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el espectador nota ese fuego que le proporcionará calor a Julien en la frialdad de la casona abandonada, únicamente habitada por una innominada sirvienta que siempre aparece sin que se la oiga;

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siente ese piano que Julien acaricia sensualmente, como si en él sublimara sus deseos;

percibe esa cristalería que tiembla tenuemente por los bombardeos que tienen lugar en el frente, a algunos kilómetros de distancia;

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ese roce metálico del azucarero de plata bruñida;

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esos aromas de la opípara cena que la criada le prepara con mimo en ausencia de su amigo;

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ese entarimado que cruje a cada paso; etc.

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O bien, en el pretérito, sufre el calor sofocante de una tarde de verano y oye esos compases disonantes y testarudos con los que Julien y Jacques jugaron a espantar a la madre de este, presente en su ensayo;

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calibra esas viandas dispuestas cual bodegón para preparar la receta de la trucha;

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siente ese grifo que chorreaba junto a la pared musgosa en una tarde invernal y el agua fría con que Odile acarició a Jacques;

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se caldea en ese claro repentino de sol que hizo refulgir el Marne e impulsó a los dos amigos a lanzarse al agua, dejando sola a Odile…

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Tal despliegue de sentidos y tal concentración hasta en el más nimio estímulo, tanto en RENDEZ-VOUS À BRAY como en BELLE y BENVENUTA, no es gratuita, pues Delvaux gusta de unir a las sensaciones del cuerpo las obsesiones de la mente con un detallismo sin precedentes, retratando a personajes encerrados en sí mismos, tan obsesivos e hipersensibles que rayan en lo enfermizo; unos personajes que, presas de anhelos no realizados, tan sólo logran la culminación de los mismos en la fantasía o en el recuerdo. Y así, lo fantástico, que en Delvaux es lo mismo que los devaneos de la razón (nótense los abundantes grabados de Goya que acechan en la mansión de RENDEZ-VOUS À BRAY), puede materializarse simplemente en el temblor de una cristalería (RENDEZ-VOUS À BRAY), en las gotas que se escurren de una cafetera durante el desayuno (BELLE), o en unos meros acordes de piano como antesala de la alucinación amorosa de su ejecutora (BENVENUTA).

Por ello, sus tres grandes películas, tres historias de amor sofocado, como también la inaugural y mítica DE MAN DIE ZIJN HAAR KORT LIET KNIPPEN (El hombre del cráneo rasurado, 1966), presentan una acusada propensión a lo fantástico, y resultan tan ambiguas, que los acontecimientos centrales, esos amores imposibles que les ofuscan el ánimo a sus ensimismados protagonistas, glosados en sofisticado abrazo entre Eros y Thanatos, lo mismo podrían ser reales que proyecciones mentales. Nótese, al respecto, cómo, los personajes del mejor Delvaux, siempre abismados en sí mismos, suelen aparecer recurrentemente enfrentados a sus reflejos, tanto Julien como el Mathieu de BELLE y la Benvenuta del film homónimo, como si ya hubieran penetrado en el otro lado del espejo y vivieran en una realidad paralela.

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De hecho, es revelador que, en la gran trilogía de Delvaux, los encuentros amorosos tengan lugar en tierra de nadie (BELLE, BENVENUTA) o que nunca haya testigos de los furtivos contactos con los etéreos objetos de deseo (RENDEZ-VOUS À BRAY, BELLE), como si involucrasen a íncubos o súcubos. Nótese, a este respecto, la incorporación de la innomanada criada de RENDEZ-VOUS À BRAY al reflejo junto al evocador, ofreciendo una nueva variación sobre el cuadro El rey Cofetúa y la mendiga, como si la relación entre Jacques y Julien ahora se revirtiera…, o como si la mujer perteneciera a ese mundo de la alucinación donde mora la mente del hipersensible.

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Amores imposibles y compensaciones mentales… Así, en RENDEZ-VOUS À BRAY, el más delicado y tenebroso de los Delvaux, historia fantasmal de una sutileza digna de Henry James, el latente deseo homosexual alcanza su punto álgido en la pretérita carrera a nado de los dos hombres desnudos durante un día soleado, contemplados desde la orilla por la excluida mujer…, aunque nada, absolutamente nada más parece concretarse. Es más, el ambiguo final sume al espectador en la mayor de las preplejidades, pues la noticia que Julien lee en el periódico sobre la permanencia de la escuadra en la que vuela Jacques obliga a replantearse todos los acontecimientos de la noche anterior: si Jacques no ha volado, ¿por qué no acudió a la cita?; ¿o se trata de una noticia censurada por el estado de guerra, y resulta que Jacques sí voló, y tal vez murió, durante los bombardeos de la víspera?; ¿o había muerto antes?; y la criada, ¿cómo podía saber los gustos de Julien hasta el mínimo pormenor?; y si a la mañana ya no estaba, ¿tal vez era un fantasma?; ¿un fantasma invocado por Jacques para no faltar a la cita con su amigo?; ¿incluso para consumar por delegación esa coyuntura sexual que, quizá, reclamaba su deseo, cuando menos, el de Julien? Así las cosas, queda la sospecha de si todo ese universo delicado que ha desfilado ante nuestros ojos era una mera alucinación del exquisito pianista (como Benvenuta también)…, o tal vez una verdadera manifestación de los espíritus.

En este territorio crepuscular, entre chien et loup, al enfangarse tercamente en sus obsesiones y pasar de la hipersensibilidad a perder el sentido de la realidad, los personajes del mejor Delvaux acaban por extraviarse sin remedio en las brumas de la mente: Julien, en RENDEZ-VOUS À BRAY, encerrado en el iris, rodeado por el caché en negro de la pantalla; Mathieu, en BELLE, errando por el desolado páramo, en medio de la ventisca; Benvenuta, deambulando tragada por la humareda de la fogata…

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La hipersensibilidad invoca un mundo de espectros.

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