El género menospreciado (1): I Remember Mama (George Stevens, 1947).

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Para mi tocayo por antonomasia.

No deja de resultar llamativo que, en una época en la que tanto director mediocre es elevado a los altares, se haya cernido el silencio más contumaz sobre tantos destacados directores clásicos. Es el caso de George Stevens. Desde luego, Stevens no es un autor con mayúsculas, ni su obra es equiparable a la de tantos compañeros suyos de generación (de hecho, a mí está muy lejos de admirarme en su conjunto), pero lo cierto es que merece ser recordado con entusiasmo aunque sólo sea por un título simplemente antológico: I REMEMBER MAMA (Nunca la olvidaré, 1948), con abrumadora diferencia su mejor film.

Surgen, al verlo, algunos interrogantes. ¿Por qué esta gran película está tan olvidada (o a mí me lo parece)? ¿Por el poco aprecio que hoy en día concita Stevens? No creo que esta sea la única respuesta, ya que, de vez en cuando, se recuerda al director por A PLACE IN THE SUN (Un lugar en el sol, 1951) o por SHANE (Raíces profundas, 1953). Las razones determinantes de este olvido flagrante y de la diferencia de trato con las películas hermanas son otras. A mi entender, por un lado, ambos títulos Paramount acarrean una gran fuerza mítica, mientras, por otro, presentan una más favorable adscripción genérica, pues A PLACE IN THE SUN ostenta ciertas concomitancias con el adorado cine negro, mientras SHANE es, claro está, un western. I REMEMBER MAMA, en cambio, “sólo” es un melodrama.

Algún día habrá que estudiar rigurosamente por qué el melodrama pasó de ser el género estrella del cine a ser menoscabado por directores, críticos y público masculino a partes iguales. Tengo la convicción de que esto tiene mucho que ver la irrupción en su forma definitiva de los expeditivos géneros de acción en los años treinta (bélico y negro especialmente, a no tardar el western), que exacerbaron las diferencias de género (sexual, en este caso) más de lo que cabía constatar con anterioridad y propusieron un nuevo modelo masculino basado en la dureza sin fisuras, cuando no en la agresividad. Dato revelador: ¿por qué el melodrama es, entre los directores de primera fila, género favorito de tantos surgidos durante la era silente, y no sólo en Hollywood, luego se atempera con los surgidos en los treinta, y casi desaparece en la práctica con los que debutaron a partir de los cuarenta? Es más, durante la época muda y principios del sonoro son relativamente abundantes los melodramas cuyos protagonistas son hombres (véanse WINGS [Alas, William Wellman, 1927] o THE CHAMP [El campeón, King Vidor, 1931]), para, luego, pasar el género a ser de predominio femenino (con alguna excepción, normalmente correspondiente a directores o temáticas homosexuales, como ROCCO E I SUOI FRATELLI [Rocco y sus hermanos, Luchino Visconti, 1960] o la más reciente LAN YU [Stanley Kwan, 2001]). Pareciera como si a los cineastas de pro, no digamos ya a algunos críticos y espectadores varones, les avergonzara hablar de sentimientos… e incluso experimentarlos. Así que el melodrama ha pasado, de ser considerado el género rey durante la época dorada de los estudios hace más de medio siglo, a ser ahora el patito feo de espectadores y crítica; y mientras hoy en día se desbordan los entusiasmos por el western, no digamos ya por el cine negro, y para qué hablar de la serie B (aunque a veces se incluyan en ella películas que para nada pertenecen a la producción barata: muchos films noirs, por ejemplo), pocos aficionados defienden el melodrama como género, pese a haber sido el más prolífico en grandes películas de la historia; como mucho, se acepta cuando viene firmado por los grandes autores, llámense Sirk, Ophüls, Vidor, Visconti, Ozu, Mizoguchi, etc.

Por si fuera poco en lo que atañe a I REMEMBER MAMA, no representa este film el tipo de melodrama que, como los de Sirk, Visconti o Mizoguchi, ponga en entredicho el entramado o las convenciones sociales, y pueda por tanto ser “repescado” desde un punto de vista discursivo, sino que se conforma con registrar un mundo emotivo donde el entorno resulta casi irrelevante. Aún más, se trata de una orgullosa muestra de cine de buenos sentimientos, eso que tan mal visto está y tan risible parece desde hace años; y evidentemente, Stevens no cuenta con el predicamento de McCarey para que se le pueda perdonar tamaña “ingenuidad”. Encima, I REMEMBER MAMA ofrece ¡un canto de amor a la madre!

Ahora bien, si se ve este resplandeciente film sin prejuicios, se disfrutará de una sentida rememoración, tan melancólica como vital, del mundo familiar de la infancia y juventud; de una sucesión de instantes más bien cotidianos de una pregnancia fuera de lo común; de una narración ciertamente melodramática, pero conjugada en singular equilibrio con una ironía de tono amable y gran agudeza.

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Se le podrían reprochar al film algunas convenciones… que no provienen precisamente del melodrama. Así, cierta propensión a la caricatura, que a pesar de todo tiene gran encanto; o la escenificación de una de esas agonías tan asépticas, típicas del cine de la época (no sólo de Hollywood), con ese moribundo tío Chris tan locuaz y tan enérgico que brinca ligero de la cama para hacerse con un trago. Pero, en general, I REMEMBER MAMA hace gala de un tono justo, así como de una planificación no sólo sólida, algo siempre esperable en Stevens, sino también, ¡sorpresa!, sumamente inventiva; amén de contar con un equipo fuera de serie: un reparto magnífico, encabezado por una Irene Dunne sublime; los directores de arte Albert S. D’Agostino y Darrell Silvera, que brindan una imborrable vivienda familiar; Roy Webb, que ofrece una bonita y sentida partitura; y claro está, Nicholas Musuraca, uno de los mejores directores de fotografía de la historia, responsable aquí, como siempre, de una soberbia labor.

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Y del gran talento del que Stevens hizo gala en este film habría mucho que destacar, pero señalemos especialmente:

  • La extraordinaria secuencia de la visita de Mama en el hospital a la hija recién operada, secuencia que conjuga pasmosamente suspense, sentimientos y aun una pizca de humor.

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  • El momento en que Katrin devuelve a Mama su broche, y esta se lo regala acto seguido, momento modulado con sensibilidad admirable.

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  • El glorioso y prolongado plano que, sin corte, nos lleva del sombrío lecho donde acaba de morir el tío Chris al porche de la casa donde están reunidas sus sobrinas, merced a un travelling hacia la izquierda desde el interior al exterior.

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  • La magistral secuencia, que refleja los orígenes cómicos del director, en que los seis miembros de la familia deambulan entre varias estancias, en plano fijo, con esa ventana estropeada que se sube tozudamente; secuencia que culmina, ya fragmentada, con esa irresistible digresión, sin palabras y muy probablemente improvisada durante el rodaje, en que Papa le da una lección al lechuguino hijo Nels por fumador.

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  • Y claro está, imposible olvidar (el título español no andaba tan desencaminado…) el maravilloso primer plano final sobre una emocionada Mama asomada a la ventana (gran Irene Dunne y gran Musuraca), sobre el que, sin corte, la cámara retrocede en grúa para mostrar a la mujer y la familia encapsulados en la casa, como un recuerdo, y perderse en su recorrido entre las neblinosas calles de San Francisco… Entre las brumas de la memoria.

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